(Nota: La información contenida en esta entrada es de carácter especulativo. No existe a la fecha ningún relato verificado de primera mano proveniente del interior de Seris. Las fuentes consultadas corresponden a observaciones realizadas desde sus fronteras, testimonios de los habitantes más ancianos de Pasomuerto, y fragmentos de textos cuya procedencia no ha podido ser confirmada.)
Seris existe en los mapas de Vaelthar como una mancha sin detalles, un espacio que los cartógrafos rellenan con el único dato que tienen: que está ahí. Sus fronteras aproximadas se conocen. Lo que hay dentro no.
Lo que puede observarse desde la distancia es suficiente para disuadir a la mayoría. El horizonte en dirección a Seris está permanentemente cargado de tormentas de arena que no parecen obedecer a ningún patrón climático reconocible. La luz que llega de esa dirección tiene una calidad extraña, como si viajara desde un ángulo que no corresponde a ninguna hora del día. Y en los momentos de mayor visibilidad, cuando el viento amaina lo suficiente para ver lejos, algunos afirman haber distinguido siluetas en el horizonte. Siluetas que se mueven con la lentitud de algo que no tiene prisa porque no necesita tenerla, y que proyectan sombras lo suficientemente grandes como para oscurecer nubes enteras.
Nadie que haya entrado a Seris ha regresado. No hay relatos de exploradores capturados, ni de expediciones que se detuvieran en la frontera y volvieran a contar lo que vieron desde cerca. La ausencia es total y consistente, lo suficiente como para que a estas alturas nadie lo intente por curiosidad. Las teorías sobre qué hay dentro son tan numerosas como contradictorias: la puerta al inframundo, el camino al olimpo, el campo de batalla donde los dioses se destruyeron mutuamente hace milenios, un plano de existencia distinto que comparte coordenadas con Vaelthar sin pertenecer del todo a él. Ninguna ha podido ser confirmada. Ninguna ha podido ser descartada.
Lo que sí existe son las ruinas visibles desde los bordes de la región. Estructuras de una arquitectura que no corresponde a ninguna civilización documentada en Vaelthar, con proporciones que sugieren que no fueron construidas para ser habitadas por ninguna de sus razas conocidas. Los estudiosos que las han observado desde la distancia coinciden en que su estado de deterioro es inconsistente, algunas parecen llevar eones en pie, otras sugieren haber colapsado recientemente, aunque ningún evento sísmico o climatológico lo explique. Lo que las ruinas significan, para quién fueron construidas y por qué siguen ahí es materia de especulación académica que, por razones obvias, no puede avanzar más allá de la teoría.
Los más viejos de Pasomuerto, que son quienes más cerca han vivido de esta frontera y quienes más tiempo han tenido para observarla, no hablan de Seris con miedo exactamente. Lo hacen con la resignación particular de quien ha aceptado que hay cosas en el mundo que no están ahí para ser entendidas. Solo para ser evitadas.
La recomendación unánime, si es que puede llamarse recomendación a algo que nadie ha necesitado decir en voz alta desde hace generaciones, es no acercarse. No por lo que se sabe de Seris. Sino por todo lo que no se sabe, y que de todas formas parece saber que estás ahí.