Valjorn es una nación de tierra firme y carácter inquebrantable. Sus paisajes están dominados por costas abruptas, fiordos profundos, bosques densos y llanuras azotadas por el viento, un territorio que parece diseñado para endurecer a quienes lo habitan, y que con los siglos ha cumplido exactamente esa función.
Su cultura es de las más igualitarias en todo Vaelthar. En Valjorn no existe distinción de rol por género, edad o linaje: cualquier habitante puede tomar las armas, salir a cazar, dirigir un hogar, liderar una expedición o sentarse en el consejo de su comunidad. Esta filosofía no nació de un decreto ni de una revolución, sino de una convicción profunda y heredada que sostiene que el valor de una persona se mide únicamente por lo que es capaz de hacer y de soportar. Los débiles no son despreciados, son instruidos. Los fuertes no son elevados, son esperados.
La vida social en Valjorn gira en torno a la comunidad, el combate, la cacería y la celebración. Sus habitantes tienen fama en el resto del mundo por su resistencia física, su franqueza casi brutal y su afición por la bebida, fama que ellos mismos no hacen ningún esfuerzo por desmentir. Los banquetes tras una cacería exitosa o una batalla ganada son eventos de importancia cultural genuina, no mero entretenimiento.
Al oriente de su territorio, marcando el límite natural con su nación vecina, se alza la Cordillera de los Dragones, una cadena montañosa de cumbres permanentemente nevadas que los habitantes de Valjorn conocen bien y respetan a su manera. Los dragones que habitan esas alturas no son vistos de forma uniforme en toda la nación: algunas comunidades los consideran adversarios dignos cuya caza es el mayor honor posible, otras los tratan como fuerzas de la naturaleza ante las que solo cabe coexistir, y unas pocas han forjado vínculos con ciertas criaturas que los antiguos cantares describen como pactos entre iguales. Lo que ningún habitante de Valjorn haría es ignorarlos.